domingo, julio 19, 2009

El tiempo y la montaña rusa

Mis sobrinos ya están grandes y han aprendido a cuidarse solos. Los vi desde que nacieron hasta cuando crecieron un poco y se me amontonaban como mancha de pirañitas cuando regresaba de la calle y yo los abrazaba (o trataba) a todos y cada uno de ellos.

Sus rostros, sus travesuras, cuando imitaban a Rossy War (algunas con talento musical) o simplemente cuando me pedían que les prestara mis juguetes de antaño (un set de carritos para que se tranquilicen los revoltosos).

Aun los recuerdo así. Ahora que han pasado ya más de 10 años, ya cumplieron hace rato los 20 (y yo los 30) y están en sus primeros, segundos o terceros amores (siempre habemos precoces) he sentido una nostalgia por aquella época en la que yo me sentía su héroe protector, su hermano mayor, el defensor (y a veces acusete), el que corregía, el que finalmente los protegía. Recuerdo que los paseaba en turno en la bicicleta, pasando a toda velocidad por entre los postes, emocionándolos como si estuvieran en plena montaña rusa, gritando alaridos, desgargantándose para pedirme, al final, "una vueltita más y ya, ya tio?" Jajajaja y así les diera mil vueltas, siempre iban a seguir pidiendo más, y pobre de mi si a alguien paseaba más de la cuenta, la cantidad de resentidos que hubiera tenido que compensar.

Aun me resisto un poco a pensar en lo rápido en que se han convertido en seres diferentes, tan diferentes que a algunos no los reconocería en la calle. Sin embargo, el cariño es el mismo y es lo único que importa.

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