Silvio y la nostalgia
Cuando uno acaba de entrar a la pubertad, el gusto por la música es casi como un despertar. Un instinto casi animal se apodera de ti y percibes aquel desenfrenado ruido como música poderosa que es capaz de proyectar tu ímpetu y con ello, de alguna forma, descargar la ansiedad. Lo confieso, me gustaba el hard metal.
Y digo me gustaba, porque con el paso del tiempo como que aquello animal de mi ímpetu, ha ido disminuyendo en intensidad y ha dejado paso, poco a poco, a una mente racional, más sibarita y gustosa de los detalles, y sin embargo, no menos impetuosa. Lo confieso también, ahora me gusta Silvio, es decir, la música de Silvio Rodriguez (aclarando para los graciosos).
Había oído hablar de él desde la infancia, y como no, escuchado alguna canción, sin embargo en aquella época no me había llamado la atención tan poderosamente como ahora.
Mi unicornio y yo
hicimos amistad
-un poco con amor,
un poco con verdad-.
Con su cuerno de añil
pescaba una canción.
Saberla compartir
era su vocación
Unicornio, tal vez la canción más emblemática de Silvio, y cuya belleza no sólo reside en la sutil armonía y cadencia de la música, sino también en aquella poesía que te hace imaginar aquel prado gigante y hermoso, donde dejaste alguna vez a ese pequeño tunante al que llaman inspiración. Aunque algunos lo asocian a la amistad perdida, al amor trunco, al final, la fuerza de la canción se inmiscuye en tus propias vivencias y se hace tuya para que la vivas como quieras.
Siento que llegué un poco tarde a apreciarla (editada en 1982) tanto en lo sutil de su belleza, pero sobre todo en esa enorme capacidad para embriagarte en su nostalgia. Tal vez, tuvieron que pasar todos estos años para que pudiera aprender lo que significa añorar algo en toda su magnitud.



0 comentarios:
Publicar un comentario