sábado, julio 01, 2006

El peor castigo

Esperé todo el día por un pequeño brote de aliento. Después de haber perdido dos a cero ante los muchachos del segundo parque estaba con la moral baja. Quería creer que había sido cuestión de suerte y a la ausencia de un árbitro que sancionara los offsides y los faults adecuadamente, pero el sabor amargo de la derrota estaba demasiado pegajoso en mis labios y solo atinaba a mirar al piso, ensimismado en la pelota sucia que usabamos para nuestro minicampeonato.

En aquella época si que celebraba los goles. Y en ese tiempo no había diferencia si era centro campista, golero o delantero, igual todos éramos multifacéticos y a lo que venga la pelota solo habia que dar el pase perfecto o en todo caso recibirlo y tirar un taponazo muy fuerte para que el portero contrario se haga a un lado por el temor a que le caiga la pelota. Muchas ventanas se quedaron sin sus vidrios, pero que bien valieron la pena cuando cantábamos goooooooooolllllllllllllllllllll y cruzabamos todo el parque hasta llegar a nuestra valla, para luego regresar rapidísimo a nuestras posiciones aleatorias en el campo, pues era de hecho que el otro equipo ya había sacado la pelota con el fin de meternos en contragolpe su descuento en medio de nuestros festejos.

Pero ese día quedamos en cero. No hubo ningún grito, no hubo paseo por el parque, no hubo festejo, tan solo los de los contrarios y eso, obviamente, no me hacía muy feliz. Mi hermano, en su chiquititud, trató de animarme diciéndome que no me preocupara, que así como les habíamos ganado antes, lo volveríamos a hacer. Pero yo sabía que no era cierto. Ya nunca más podríamos ganarles. Al menos, no conmigo.

Esa fue la época en que empecé a usar lentes, pues mi miopía se hizo tan fuerte (5 dioptrias) que ese partido lo perdimos porque simplemente o no podía ver a tiempo la pelota para clavar el taponazo o porque confundía a mis compañeros con los contrarios y daba muy mal los pases. Fué gracias a mis compañeros que sólo nos metieron dos goles, pues de alguna forma salvaban mis errores. Ellos jamás me reclamaron nada, a pesar de todo trataban de asimilar mi "venida a menos" como jugador y jamás me pusieron en la banca. Asi que finalmente, ese día, yo mismo tuve que dimitir.

En el siguiente partido ganamos 10 a 3. Y digo ganamos porque a pesar que yo miraba desde la banca del parque, era mi equipo. Y grité goooooooooolllll como siempre, y festejé, y canté y me sentí feliz, cuidándome, eso si, de no botar mis lentes al piso, porque sino mamá no me volvería a dejar salir de nuevo en mucho tiempo y ese era el peor castigo que un niño de 10 años podría tolerar.

1 comentario:

flabi dijo...

bueno, bien.
es bacán tener amigos que te respeten cuando niño.