miércoles, julio 19, 2006

Conejo enajenado

Recibí la noticia en el patio de atrás. Me sentía tan estupido por no haberlo previsto, pero cuando a los 12 años recibes todo de tus papás tienes la ilusión de que las cosas simplemente aparecerán cuando las necesites. Pero ese día mi Manty necesitaría una camita y yo ni siquiera había previsto un lugar seguro donde guarecer a la cachorra de dos meses, que más tarde se convertiría en mi más fiel amiga por ya casi 16 años, que son los que debería contar si ella pudiera, mi cachorrita eterna.

Su historia es como las de siempre. Los hijos quieren un perro, pero los papás son muy temerosos algunos o impacientes los otros como para lidiar con un cachorrito que sabes hará destrozos en la casa por lo menos durante sus primeros meses. Finalmente una promesa muy solemne de mi hermano - y que no ha dejado de cumplir hasta el día de hoy- hizo que los papás retrocedieran y finalmente cedieran.

Las primeras noches fueron como todas las primeras noches de los cachorros desapegados del cuerpo calientito de su madre y sobre todo, alejados por completo de esa seguridad que les proporciona el constante tic tac del corazón materno. Sin embargo yo sabía que era inevitable que en cualquier momento nos adoptaría como su nueva familia para siempre. Y es que creemos que es al revés, que somos nosotros los que tenemos el control, cuando en realidad todo es una mera ilusión. Hacemos de todo por ganarnos el cariño y el respeto de nuestras mascotas. Los alimentamos, los bañamos, los cepillamos, los vacunamos, los acariciamos, en suma los amamos con la ansiedad de un amo pidiendo a gritos ser adoptados por su mascota. Felizmente la mía no se hizo del rogar y nos aceptó a todos de buen gusto en pocos días. Claro que siempre hay las peleas y riñas, sobre todo cuando se escapaba de la casa para ir a vagabundear por el parque y nosotros detrás de ella, persiguiéndola y ella feliz en su juego. Le decían "conejo", pues porque además de su colita "mocha" y su pelaje blanco con motas negras, al descubrirse en la calle sin collar corría como un conejo enajenado brincando con las patas, celebrando jubilosa su victoria, exasperándome en el transcurso.

Hace 16 años que la conozco y no ha cambiado nada. Es cierto que ya no tiene la misma energía, que sus bigotes y pestañas ahora son blancas y además que lamentablemente se está quedando un poco ciega, sin embargo, es inutil pedirle a la razón que vea con los ojos del corazón y a ella siempre la veré trotando y saltando, como el conejo enajenado al que tanto se parece.

1 comentario:

Monarcaxx dijo...

de todas maneras al final los cachorritos y los dueños se aceptan mutuamente, un considerable tiempo que llevas con tu conejito enajenado! me imagino como lo haz de querer, un miembro más de la familia.
Saludos Saguesa y Feliz 28!