jueves, enero 05, 2006

El precio de la sabiduría

Recuerdo los paseos que solíamos dar por el Boulevard de la Soledad. Empezabas haciendo un recuento de los días pasados y abrigabas la esperanza de que todo siguiera igual, total, la monotonía era lo único que nos quedaba y lo último que queríamos perder.

Las velas se apagaban todos los días a las 7 de la noche y se volvían a encender al siguiente muy temprano, a las 7 nuevamente. Yo nunca entendí esa compulsión por tener casi siempre aquellas llamas a la vista, ni tampoco por qué decías que tenias el cuerpo de sirvienta. Será que era muy niño. Sin embargo, siempre abrigué la esperanza de que un pequeño marciano cumpliera mi deseo y me permitiera quedarme, para siempre, muy cerca de tu cuerpito tan caliente. Y aunque me decías continuamente que me dejara de fantasías, que no existen humanitos en Marte y que en la Luna las plantas no podrían sobrevivir, yo abrigaba la esperanza de que por primera vez te equivoques y sea superior la sabiduría de las revistas de Popeye que explicaban todo eso. Total, como podría imaginar que lo sabrías todo!?

Qué sería de nosotros si no conserváramos un poco de aquella ignorancia infantil que nos hace abrigar esperanzas, que aunque a veces resultan tan vanas, nos mantienen despiertos y vivos, con la llama ardiendo por dentro, buscando marcianitos en la Tierra, pidiendo deseos al viento, recorriendo el tiempo sin zapatos, imaginando que la alegría está detrás de la esquina. Ahora recién comprendo que a tus dieciséis años, había algo que no terminabas de comprender: la luz de aquellas velas, cómo metertela por los ojos y por fin iluminar un poco tu vida que ya empezaba a ser desordenada, a avivar tu llama a punto de extinguirse, a olvidar el precio de la sabiduría, a quedarte sin esperanza. Talvez si hubieras visto lo que yo vi o si hubieras leido mis revistas o si tan sólo me hubieras creído un poquito, todo sería diferente.

El tiempo se ha ido y ya hasta la monotonía hemos perdido, que más dá lo que suceda mañana.

2 comentarios:

Laura Hammer dijo...

Que bello, ha sido como un paseo descalza en la hierba de tu alma.

Juan Arellano dijo...

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